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Columna semanal OBSERBC- Déjà vu

¡Ay de aquel gobernante que es juzgado por el pueblo!

 

Por: José Luis Huape Rodríguez

Pobreza, hambruna, discriminación, abusos, mendicidad, son calamidades que el pueblo francés vivió bajo la monarquía de Luis XVI.

 

La carga que representó el número exagerado de funcionarios que  se beneficiaban del gobierno, la deuda pública, el insoportable costo de la Corte que vivía rodeado de lujos y privilegios; el aumento desmedido de impuestos, la opresión de campesinos por el gobierno y señores feudales; el aparato represor costoso, la opulencia del monarca, la desigualdad y otras injusticias provocaron el estallido de la Revolución Francesa de 1789.

 

El Palacio de Versalles, representación monumental del absolutismo y de la extravagancia, fue el contraste a la forma de vida de campesinos vasallos, siervos y burgueses no privilegiados de las postrimerías del siglo XVIII.

 

La inmensidad del Castillo de Versalles construido por Luis XIV tuvo el claro cuan equívoco mensaje de poder aplastante sobre los súbditos, era la expresión del desprecio a la pobreza, insensibilidad, manifestación de falta de solidaridad con un pueblo que sufría por las carencias de bienes y servicios elementales. Mientras, al interior de esa fortaleza la realeza y su corte comían, vestían y vivían con excesos, totalmente retirados de la realidad de la plebe.

 

El rey fincó su poder y privilegios en su origen divino bajo el dogma de que sus ordenanzas y mandatos son la verdad absoluta e indiscutible, quedando como única opción para sus destinatarios la obediencia ciega, nunca el cuestionamiento, menos la insumisión.

 

En las cosas del rey como la de gobernar nadie debía participar, él y sólo él sabía lo que es mejor para el pueblo, pues era omnisapiente ajeno al error humano, debilidad reservada a los simples mortales.

 

Los cortesanos, círculo de incondicionales y serviles del rey que vivían en Versalles y de otro lado, la nobleza, un sector social reducido que presiona al rey para obtener canonjías y acrecentar su poder económico y político -nunca para el bien común- se encargaron de ensordecer y cegar al monarca.


 

Esas camarillas allegadas al rey le interpretaron el mundo francés de la manera en que el soberano lo quería entender. Para el monarca la situación de las masas se podía sintetizar así: ¡El pueblo sufre porque quiere!

 

La prepotencia y el ensimismamiento del rey y sus camarillas de lacayos menospreciaron dos componentes sociales que amalgamados son explosivos: “El descontento social y las luces de la ilustración”.

 

El descontento de las masas venido en ira no necesita más explicación. De otro lado soplaban vientos provenientes de pensamientos libertarios, del predominio de la razón, de la reivindicación al pueblo francés del poder originario de la nación y de la difusión de ideas políticas necesarias para reorganizar la forma de gobierno.

 

En ello jugó un papel sobresaliente el adoctrinamiento de personajes como Montesquieu, Rousseau y Voltaire.

 

Así surgió la chispa que encendió la Revolución Francesa. La Asamblea  Nacional

-tipo parlamento- que se reunía muy esporádicamente para el contentillo del rey, formada por tres estados: El primer estado: El clero; segundo estado: Nobleza y tercer estado: Plebe.

 

La Asamblea Nacional sesiona en mayo y junio de 1789 pasando sobre  los rituales tradicionales, de suerte que el tercer estado -la clase desfavorecida- impide que los otros asambleístas impongan sus decisiones conservadoras y es así que con la fuerza del pueblo expiden la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”, fuente inspiradora del derrocamiento del régimen monárquico asfixiante.

 

Francia se libró del yugo monárquico y entró a un período de otro tipo desencuentros en búsqueda de identidad nueva y de reglas de convivencia distintas al que soportó por mucho tiempo.

 

P.D. Durante las marchas y protestas de enero, un cachanilla preguntó: “¿Sentiste un “Déjà vu”, como si esto ya había ocurrido alguna vez?

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