¡No más atole con el dedo!

 Por: José Luis Huape Rodríguez

Recuerdo que nos reunimos algunos representantes de organizaciones civiles que participamos en la mesa técnica redactora del anteproyecto de reforma a la Constitución Estatal y leyes secundarias, en ella se proponían las bases para el “Sistema Estatal Anticorrupción de B.C.” (SEA); la reunión tuvo por objeto afinar detalles del anteproyecto que habíamos consensado los que no representábamos a ningún sector gubernamental en la mesa técnica.

Firmamos el anteproyecto de iniciativa que habíamos consensado después de arduos debates al seno de la mesa técnica, lo curioso es que los debates más acalorados se dieron entre representantes de organizaciones de la sociedad civil y ciertos aliados; los representantes del gobierno se abstuvieron de argumentar su oposición a las propuestas del anteproyecto, ellos jugaron una carta que les resultó: “infundieron miedo en los participantes de generar una iniciativa inconstitucional”.

Cada propuesta de las organizaciones civiles fue rechazada por los representantes gubernamentales, señalando que no se apegaba a la Constitución General o a la Ley General del Sistema Nacional Anticorrupción.

El temor de inconstitucionalidad se volvió crónico, estuvo presente en adelante en las jornadas de trabajo de la mesa técnica y propició se descafeinaran algunos procedimientos y configuración de instituciones para el SEA, no obstante ello, el anteproyecto seguía siendo bueno. Hay grabaciones de este suceso, que avalan lo dicho.

La propuesta original —de la que obra constancia en archivos de OBSERBC— era robusta, sistemática, amplia y configuraba instituciones y procedimientos de designación de integrantes de órganos del SEA con mayor participación ciudadana cualitativamente hablando; obviamente no era la quinta esencia, ni la panacea, pero sí un anteproyecto más apegado a los ideales de una reforma de esa estirpe.

El anteproyecto ciudadanizado entró al proceso legislativo y cual maquinaria trituradora la hizo papilla, la desvencijó y fugazmente se aprobó una reforma constitucional enclenque, similar a las patas temblorosas y erráticas de un cervatillo recién parido.

De aquél proyecto ciudadanizado, consensado y firmado, quedó sólo el recuerdo del compromiso deshonrado de parlamento abierto que hicieron ciertos Diputados.

Tomó actualidad lo que un día escribió Maquiavelo: “…el príncipe (gobernante) que cumple la palabra dada, obra con rectitud…; pero la experiencia nos demuestra, por lo que sucede en nuestros tiempos, que son precisamente los príncipes que han hecho menos caso de la fe jurada, y han envuelto a los demás con su astucia y reído de los que han confiado en su lealtad, los únicos que han realizado grandes empresas… Los hombres son tan simples y de tal manera obedecen a las necesidades del momento, que aquél que engaña encontrará siempre quien se deje engañar… (El Príncipe).”

Faltar a la palabra empeñada con tal de sacar adelante un objetivo capitalizable políticamente, acrecienta el poder del príncipe o gobernante — Maquiavelo— aunque sucumba el bien común.

En este episodio de la vida cívica de B.C. los miembros de la sociedad civil también tenemos parte, porque a pesar de esa simulación quedamos como corderitos, ¿o quién protestó? Basta reproducir las entrevistas televisivas e internet después de la aprobación de la reforma para confirmarlo.

Con justa razón un candidato presidencial dijo: “Le tengo mucha desconfianza a todo lo que llaman sociedad civil”; según entiendo, no se refería a todas las organizaciones, sino a las que claudican ante el poder a la hora de la verdad.

El dizque ejercicio de democracia participativa que llevó a cabo el Congreso en la ocasión anterior, se redujo a lo siguiente: “Que diga la sociedad qué quiere y, nosotros hacemos lo que nos conviene”.

La invitación que lanzó la semana pasada el Congreso de B.C. a las organizaciones no gubernamentales, para participar en la redacción de otro bloque de reformas para el SEA, ¿será otra simulación?

P.D. Quedaron en el tintero muchas propuestas que pueden ser mejoradas, no descafeinadas.